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19 abril 2009

Las bestias urbanas VII. Trivializaciones sobre un mono albino


Trivializaciones sobre un mono albino: Floquet, “mono hombre” o la contingencia del mito.

El año MMIV los catalanes perdieron hombres e iconos de trascendencia significativa (... y significante), dejaron de existir el poeta Martí i Poll, los escritores Joan Perucho y Manuel Vázquez Montalbán y la figura impávida de Floquet de Neu. Aquellas, envueltas en el lacónico arte de recordar; ésta última, expresada en la mistificación de una anti-leyenda por antonomasia.

Ha muerto un mono (no viene a cuenta en esta ocasión una especificación genética más aguda). Pero era albino (“blanco” para los blancos) y había sido sustraído de los bosques guineanos hace ya poco menos de 40 años, con apenas tres añitos. En principio fue “adoptado” por una familia redonda y sonriente (clásicamente burguesa). Entonces vinieron las cintas de videos familiares con el mono en pañales, jugueteando en Les Corts, gesticulando en el Pardo o contemplando un amanecer mallorquín. Lo llamaron “Floquet de Neu”, alegoría que se traduce al castellano: “Copito de Nieve”. Desde entonces ha discurrido de manera sosegada y cauta, con moderación “moderna” y cerebral, un conjunto de sensaciones e ideas que hablan de un mono con mirada humana, movimientos concientes y sentimientos cristianos. Subyace a este discurrir afanoso y proverbial un proceso de observación científica y zoológizada del pequeño Floquet. Diacrónica, constante, intensa, unicelular e inquisitiva, digamos un saber total sobre el monito. No queda fuera de esta instrumentación metódica el conocimiento psicoanalítico, tanto en el ámbito científico como en el rumor de las calles (es más, sobre todo en éste último), con el que se quiso abordar, y se abordó, el “problema Floquet”. Problematicemos sobre el mono.

Floquet es el testimonio vivo (hablamos en un sentido no literal, ya que el mono ha crepitado) del fetichismo al diluir las fronteras entre la ciencia y el mito. Mariátegui, precursor andino, ya lo mencionaba en sus “escritos europeos”, la ciencia (como expresión instrumentalizada de la Razón) no es antitética a la fuerza subterránea del mito. La muerte de Floquet desnuda la mistificación del mono, no solo como mono sino como sujeto. La mirada atenta e inapelable de la ciencia y la simbolización humanizada construida en el devenir de los tiempos (el mono tenía 40 años) conjugaron al mono como verbo callado y dispuesto de lo extraño y lo exótico. El dispositivo es clásicamente occidental y europeo. Extirparon un cuerpo de África y lo dispusieron en un espacio de observación y juicio. Dispositivo que al tiempo que racionaliza lo extraño hace de lo desconocido verdad y creencia. Al fin, de disfrute y de simpatía filantrópica (si, filantrópica). Podría decirse, con inacabables derivaciones de sentido, que ha muerto la “leyenda negra” (ja!). Después de todo era, según las asociaciones dedicadas al estudio de los animales, el único mono albino en el mundo. Y estaba en el Parc de la Ciutadella (incluso la silueta de Floquet figura en cada mapa turístico de la ciudad de Barcelona, sobre el dibujito del Zoo - Floquet “es” el Zoo -).

Floquet es como aquellos carteles que uno ve en las redes del metro, con la imagen de unos niños subsaharianos pasando hambre y miseria. Reza en grandes letras “apadrine un niño africano, proteja la vida”. Éstas mismas, son las puertas a un mundo que resulta extraño y desolador, donde las sinrazones de la vida explican la desdicha y los tiempos no transcurren más que a tropiezos reconocibles. Sin embargo, hace unos doscientos años Floquet hubiera sido en Europa, lo mismo que ahora. Un mono blanco que nos vuelve a esos sentimientos “primitivos”. Después de todo, Floquet no habla, y así es más cómodo.

En MMIV murieron en Catalunya Martí i Poll, Perucho y Vázquez Montalbán. Pero murió Floquet y la vida se hizo tragedia y destino, el mono se hizo bálsamo y el dolor simpático.


Desde el baño del zoológico de Barcelona, LL. Noviembre, 2004
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18 abril 2009

Las bestias urbanas VI. La percepción clausurada



La percepción clausurada. El leopardo de la nieves


Habitualmente uno contempla en el zoológico, animales acostumbrados ya a ser objeto contemplados y clausurados, por caso, han perdido todo instinto de búsqueda de alimentos, al punto que abren sus bocas esperando le arrojen comida y acierten, para facilitar la deglutación. Pero las características de ésta clase de percepción no son naturales. Mas bien son el resultado de un proceso donde se juegan profundas relaciones de fuerza.
El caso más ilustrativo es el de un felino blanco, traído desde las alturas de las montañas de oriente, altamente promocionado por radio y televisión, debido a su reciente adquisición por parte de los propietarios del zoológico. Allí la gente se acerca a mirar, pero la mayoría no lo encuentra. Los niños suelen dar con él, descubierto en lo alto de una montaña de concreto pintado de celeste, que simula ser nieve. Su pelaje claro y manchado, que lo camufla con el habitat, no resiste la mirada inquisidora y atrevida de los niños. El leopardo se encuentra allí arriba, acostado y mirando hacia otro lado, y enseña su lomo a los espectadores. Sólo su lomo, pero de todas maneras las personas se apresuran a mirarlo. Cuando se acostumbre al espacio bajará y entonces ya no será preciso buscarlo.
LL. Julio 2005
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Las bestias urbanas V. La cría humanizada



La cría humanizada. El nursery y la granja

Hay un espacio en el zoológico que manifiesta el origen controlado y domesticado de cada animal que habita su espacio. Humanizados extravagantemente, las crías desfilan por la nursery, estancia bajo atención “maternal” que permite su constitución como objeto de muestra y conservación.
Existe otro espacio, de similares características, pero también de ciertas diferencias, que descubre con mayor facilidad este ejercicio de apropiación y reproducción contralada: la granja. Animales tradicionales de la actividad económica rural pampeana se encuentran al alcance de la mano (los pertenecientes a la economía del altiplano son depositados como animales de zoológico no productivos). Allí los niños entran a los corrales para abrazar los cabritos o correr a los lechones. El hombre se haya cómodo y desenvuelto, aunque ocioso, como hipótetico estadío finisecular de la domesticación campesina de las bestias. No son animales del zoológico, son animales de la granja, y como tales su distancia del hombre es peculiarmente distinta. Reconocidas se disponen allí las fuentes de la dieta gastronómica de los espectadores. Pero estos no son procesados ni comidos, están de muestra.


LL. Julio 2005
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Las bestias urbanas IV. Descartar



Descartar. Antílopes


Hemos mencionado la injerencia que tiene la “puesta en escena” del zoológico en la relación que se establece entre el hombre y el animal que conoce. Un factor no menor es la presentación numérica del animal, del que deriva aparantemente su valor como especie a ser contemplada.
Aquellas especies que comparten la jaula en número considerable, prácticamente como una manada, como sucede con las diversas clases de antílopes, representa un lugar de tránsito. Uno se detiene allí, y la gente más bien se lo lleva por delante u observa al observador no con menos asombro que con el que éste último contempla a los antílopes. No son menos activos que otros animales, ni tienen una dieta diferente, tampoco representa una variable de distingo su ferocidad o domesticidad. Sencillamente atrae más su animación artística convencional que su gracia real. Temerosos, los bambies conservan una inmensa distancia con los concurrentes. La relación espectador – espectado está al borde de diluirse. La mismo sucede con el rinoceronte o los ñandúes.
LL. Julio 2005
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Las bestias urbanas III. Antinomias de la mirada




Antinomias de la mirada. El aguará guazú.


Aquí la perpeción visual practicamente se diluye, no existe en la forma clásica propia del zoológico. Manifestando la clase de contradicciones que envuelven las relaciones que establece este tipo de instalaciones de clausura y consumo.
El aguará guazú, cuyo nombre científico que destila por debajo de la nominación propiamente guaraní, es Chyrocyon brachyrus, es un felino de la zona selvática compuesta por el noreste argentino, los bosques paraguayos, el sur de Brazil y Bolivia. Su particularidad, que auncia un cartel a los pies de la jaula, radica en que no se mueve de día. Duerme mientras el sol brilla y el zoológico abre sus puertas, para merodear recién en la nocturnidad, cuando las puertas del establecimiento ya han sido cerradas al público. Como es imposible verlo el cartel enseña como mirar. Una reproducción fotográfica del artificio de habitat, al interior de la jaula, marcada con señales coloradas, indica los puntos del espacio que hay que mirar (la mayoría de ellos entre los matorrales y arbustos), para pretender descubrir al animal durmiendo. Esto no evita, mas bien induce, a que la gente se amontone alrrededor de la fotografía para deducir su mirada de acuerdo a los circulos confeccionados sobre la imagen.
El animal se presenta ahora misterioso, como la selva espesa de la cuenca amazónica. Es pequeño y tan extraño como desconocido. Un desliz mistificante lo representaría por demás similar a los guaraníes que se acuartelan en las periferas de las grandes estancias yerbateras de Misiones. Ocultos entre matorrales, al resguardo en la espesura, permiten la fetichización de la ausencia. La percepción es no mirar, sino imaginar sobre el desierto fantasmagórico. La realidad, más alla de una deslucida jaula, es el cartel que nos dice que allí adentro hay algo, y que merece ser visto. Luego, se desvanece la nominación y con ello el aguará guazú.

LL. Julio 2005
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Las bestias urbanas II. Mirar



Mirar. Los muerciélagos
A primera vista cuesta imaginarse a un conjunto de murciélagos en una jaula de zoológico. Sus hábitos y condiciones de vida son fantásticamente distintas de aquellas que permiten el contacto habitual de zoológico. Son pequeños, viven en la oscuridad, vuelan a grandes velocidades y permanecen el mayor tiempo oculto entre ramas y cuevas.
Una pequeña construcción cerrada y oscura, contiene una jaula de vidrio, dentro de la cual pequeños focos de coloridas aunque tenues luces, permiten contemplar las siluetas nerviosas de los voladores. No es casual que la dirección del zoológico haya preferido explotar la vinculación mitológica de esta clase de animales con las fuerzas transhumanas del mal, como modo de presentación.
Durante las vacasiones de invierno sólo se puede ingresar a este cuarto caminando lentamente por una gruesa fila de gente, que transita la oscuridad entre dubitativa y asombrada. Miran en la oscuridad. Dentro del mismo se respira la clase de perpeción que experimenta uno entre la muchedumbre caótica y cosmopolita que agota la Capilla Sixtina esforzando la mirada hacia el techo confeccionado por Miguel Ángel. Allí todos miran hacia arriba, tropezando y consumiendo visualmente, mientras un valet de seguridad del Vaticano reclama tránsito y movimiento: mirar y seguir caminado. Aquí, en la casa de los murciélagos, como le han dado en llamar a este pequeño cuarto que presentan como tenebroso, esto sucede de manera más espontánea, menos sofisticada y controlada, pero la naturaleza de la práctica es la misma.
LL. Julio 2005
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Las bestias urbanas I. Reflexiones sobre la percepción zoologizada.



Introducción. Reflexiones sobre la percepción zoologizada. Observaciones desde el zoológico de Buenos Aires

El zoológico es el universo salvaje que conservan, reproducen y explotan comercialmente las grandes concentraciones urbanas, como reservorio de lo extraño domesticado. Muchos de los zoológicos tienen una misma forma estética, o al menos, están compuestos por elementos estéticos que en su genealogía reconocen similares orígenes, emergidos fundamentalmente de la cultura grecorromana, la cual constituyó los primeros zoológicos como ejercicio de contemplación mundana, y del novechento parisino, extensión del espiritu cosmopolita burgués que puede rastrearse en cada manifestación cultural de sus sectores dominantes. Extensiones lacustres habitadas por animales no enjaulados, se atraviesan sobre puentes, en su mayoría de concreto con barandas bizantinas o dóricas. Las instalaciones propiamente comerciales, que expenden bebias y alimentos, son aquellas oscuras formas, distribuidas estratégicamente , que representan aburridos tropiezos de un espacio que parece propio de los albores de la modernidad naturalista. Similar tendencia se ve alrrededor de los animales más atractivos para los visitantes, que disponen de instalaciones reformadas que transforman al animal zoológico en animal espectáculo.
El zoológico, en Buenos Aires, duerme la mayoría del año. Pero durante el receso escolar de invierno se transforma en el paseo urbano por preferencia, de los sectores populares y pequeño burgueses de la dilatada región porteña, y de algunos extranjeros. Los sectores de mayores recursos, que en gran parte habitan los barrios aledaños al zoológico, suelen evadir la ciudad y dicha costumbre, que sólo radica en la capacidad de movilizarse por el espacio de relaciones ociosas capitalistas, los lleva a las montañas del sur, para esquiar y descansar en cabañas de confort, cuando no en el exterior. Esta región barrial que circunda el zoológico es a su vez donde se encuentra la mayor concentración de parques y espacios libres de la ciudad, la zona de bosques y lagos. El final del mismo encuentra sus límites en la centenaria facultad de Derecho, de clásico estilo romano, sitio de revueltas estudiantiles devenido en fábrica de técnicos, y en el paseo de la Recoleta, que guarda en su centro al cementerio barroco donde descansan las grandes personalidades de la historia patria. Y Porfirio Diaz.
La vegetación del zoológico armoniza con el naturalismo fetichizante de las especies animales. Palmeras se levantan a los márgenes de los piletones que ofician de prqueños lagos. Araucarias, eucaliptus y sauces circundan los patiso de comida y una calecita parisina .Afuera, y a lo largo de la avenida del Libertador, florecen únicamente tipas, que en su incansable repetir acaban siendo manchas oscuras sobre los edificios. Se transforman en una galería.
Evidentemente, los que más disfrutan del zoológico son los niños. Allí se encuentra la razón de porque concurre la mayor cantidad de gente a este tipo de entretenimientos. La explosión de sentido que recorre al hombre niño en su contacto con lo extraño, y más aún si es una criatura viva que mira con la misma inocencia que el pequeño, se traduce en movimiento. Ya cuando han crecido algunos años, la tenue línea que lo separa del universo de representaciones de la mayoría de los adultos, se diluye. El animal ha pasado a ser una reliquia distante y muerta, disecada en su temple de encierro: muda. Ya no dice nada.
Además, el contacto del animal con el hombre se dispone regulado y disciplinado por la infraestructura del espacio de clausura. Por ello lo distintivo del animal suelto, tran intrascendente para unos y curiosamente llamativo para otros, gracias a su proximidad (pongamos por caso las liebres). La actitud predominante en la práctica social propia de la tarde de zoológico es, además de comer uno, darle de comer a las bestias. Este es el sistema de precios y castigos inconciente que domina la vinculación entre ambas partes del espectáculo naturalista. Lo llamativo es que una infinidad de especies diferentes, y que contienen innumerables divergencias fisiológicas y morfológicas, consuman el mismo tipo de comida, un pack de comida industrial que contiene un conjunto de derivados deliveradamente conjugados. Es algo híbrido y vulgar, masificante y seguramente empobrecedor para el gusto animal. Por las característivas del animal, hay los que son imposible alcanzar, y por ello mismo, alimentar.
Los leones descansan en el alto de un amplio montículo de tierrra, separado del tránsito, por una fosa de algo más de quince metros de altura. Los demás felinos están confinados en distantes jaulas o directamente tras gruesos vidrios, similar a una pecera de roedores. Lo mismo sucede con los grandes simios. En cambio, hay otra clase de animales que se presentan extremadamente próximos y por ello repulsivamente rechazados por algunos mientras son afanosamente rodeados por otros. Son las especies camélidas del altiplano y de oriente. Allí la sorpresa se transforma finalmente en el mécanico hábito de dar alimentos, de la propia mano o por medio de unos pequeños toboganes por donde se deslizan las galletas.
Este dispositivo de presentación se manifiesta también en las dinámicas colectivas de selección perceptiva: qué uno ve y qué uno abandona. La predisposición naturalista de una numerosa cantidad de especies diversas en un espacio estructurado con divisiones celulares observables y clasificadas, que además permite la subsistencia en un mismo espacio reducido de animales cazadores y herbívoros, presenta de por sí las características de la experiencia social: ser espectador de un mundo ordenado y jerarquizado, ejercicio de reapropiación racionalista de lo salvaje, de aquello que no es humano pero tiene vida.

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